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Historia y Literatura

A veces la historia resulta tan increíble o tan asombrosa que sentimos la necesidad de escribirla para dejar constancia o para entenderla y es entonces cuando nace la literatura. Relatos o poemas épicos como la Iliada (finales del siglo VIII a.n.e.), jalonan los primeros tiempos de la Humanidad escritora, demostrando así que el ser humano utilizó los trazos caligráficos no sólo con fines de cómputo o magia religiosa sino también para registrar aquellos hechos históricos que la tradición oral había convertido en literatura. El mismo caso lo encontramos en la casi desconocida obra paleo-babilónica Epopeya de Gilgamesh (cuya versión sumeria primitiva data del 2150 a.n.e), donde se relata con todo detalle, y amplias coincidencias bíblicas, el Diluvio Universal. Tanto la Iliada como la Epopeya de Gilgamesh, tomadas como leyendas durante mucho tiempo, han resultado ser, si no textos historiográficos, sí lo más parecido a certeras guías que siguen dirigiendo los ojos y las manos de los científicos y los arqueólogos.

No creo que sea posible meter el bisturí para separar quirúrgicamente la literatura de la historia en los cientos y cientos de textos que han llegado hasta hoy, en mejores o peores condiciones según la debilidad de sus soportes —cortezas, huesos, caparazones de moluscos, piedras, tela, metales, papiros, pergaminos...—, y tampoco creo que sea necesario realizar semejante intervención. ¿Acaso importa que un mismo documento sea estudiado por científicos y, al mismo tiempo, ojeado por un público lector? Que cada uno saque de él lo que necesite, sea documentación o placer de lectura. Dentro de cinco mil años, por ejemplo, los Episodios nacionales de Galdós, o cualquier otra obra del mismo género, ¿será historia o literatura? Qué más da. Lo importante es que el ser humano siente una inmensa curiosidad por el pasado, un pasado que, prácticamente sin excepción, nos ha sido mal enseñado en los colegios y universidades, y siempre, siempre, dentro del encorsetado academicismo que le quita toda la vida a los hechos más apasionantes. En mis épocas de estudiante —finales de los setenta, principios de los ochenta—, la historia que se enseñaba era la basada en el análisis y estudio de los medios de producción. Y así, a mí me tocó aprender la Edad Media como una época en la que los datos más sobresalientes eran los gráficos de producción de cereales en Europa y las pirámides poblacionales.

No es de extrañar, pues, que la conocida como Novela histórica sea un género que jamás pierde vigor. Hagamos un sencillo razonamiento: a todos nos gusta que nos cuenten buenas historias, es un placer que no desaparece ni con los siglos (para la Humanidad) ni con los años (para el individuo). Cuando esas historias las recibimos a través de un libro estamos hablando de literatura y si de ellas, además de disfrutar o sufrir con el argumento, recibimos también información y aprendemos cosas nuevas, no cabe duda de que colmarán todas nuestras aspiraciones. Precisamente esto es lo que hace la Novela histórica y por eso nos gusta tanto. Quizá el género pueda desaparecer temporalmente de las librerías pero, cuando regresa, lo hace con tanta fuerza que los medios de comunicación, confundidos, se sorprenden como si no hubieran contemplado nunca el fenómeno. Y, sin embargo, Historia y Literatura están indisolublemente unidas.

Quizá se trate de una pasión muy personal, pero creo que pocas cosas hay tan extraordinarias como encontrar un dato enigmático, un detalle misterioso o, incluso, un personaje insólito perdido en las páginas de un libro de historia. Suelen ser, fundamentalmente, esas cosas que los estudiosos pasan por alto, las que no les llaman la atención. A veces sólo es una nota o una referencia a otra obra cuyo título resulta sugerente. A partir de ahí, la curiosidad, las ganas de saber más, te van llevando a través de un largo camino de lecturas en el que acabas descubriendo que el pasado es mucho más interesante de lo que te habían contado y que está mucho más lleno de lagunas de lo que afirman los historiadores. Ni mucho menos lo sabemos todo. Es más, apenas sabemos nada y, en cuanto te pones a escarbar, la información fluye en abundancia (muy segmentada, es cierto) incluso de fuentes tan pobres como las españolas. Afortunadamente esto está cambiando en los últimos tiempos pero, hasta no hace mucho, las publicaciones en castellano se limitaban a los dos o tres asuntos que parecen importarnos a las gentes de este país, a saber: la Reconquista de la Península a los árabes, la Conquista de América y la Guerra Civil. Pocos trabajos de estudiosos españoles tratan sobre el Imperio Bizantino, por ejemplo; casi no tenemos sinólogos; por fortuna, sí algunos buenos arabistas (por la parte que nos toca, supongo) y, más recientemente, están apareciendo los egiptólogos, sobre todo en Cataluña. Ya empezamos a participar en excavaciones en la antigua Persia —poco, muy poco—, y creo que estamos haciendo algo en Mongolia, pero no pondría la mano en el fuego.

El pasado es fascinante. Por eso la literatura seguirá recreando épocas remotas, dando carne y sangre a personajes que, de otro modo, sólo son figuras de piedra en los libros de historia; la literatura ayudará a colocar los hechos en el complejo tapiz del tiempo, tan confuso en ocasiones, así como a mostrarnos culturas o lugares desconocidos; rescatará acontecimientos y personas olvidadas por la historiografía que nos darán una nueva perspectiva de los momentos históricos. Y, desde luego, no será sólo la Novela histórica la que haga esto. Todos los géneros y subgéneros literarios cumplen de alguna forma esta importante función (novela negra, histórica, costumbrista, policíaca, social, género de aventuras, ciencia ficción, literatura “seria”, etc.), por mucho que a ciertos sectores academicistas les cueste aceptarlo y se resistan a darle un papel relevante a algunas obras literarias.

Texto para el Pais-Anuario. Historia y Literatura